|
SOMOS EL CANAL A
TRAVÉS DEL CUAL
FLUYE LA GRACIA
Dar y Recibir, como
eventos que ocurren
de manera
simultánea, es una
idea cuyo fundamento
espiritual, pudiera
resultar complejo ó
inusual para
algunos: el dar
engendra recibir,
porque no podemos
dar lo que no
tenemos, o no hemos
recibido. Sin
embargo, actuar
motivados por el ego
(la autoimagen, la
soberbia, el deseo
de ser aceptados,
reconocidos,
valorados y
recompensados),
contamina y
desvirtúa el acto de
dar, dado que lo que
nos motiva no es su
fundamento
espiritual, sino la
retribución que
pudiéramos obtener.
Un nuevo enfoque
para el acto de
“dar”, motivados por
su sentido
espiritual, requiere
el humilde
reconocimiento de
que aquello que
ofrezco, doy o
comparto me ha sido
concedido, es decir,
que ya lo he
recibido, de no
haberlo recibido, no
podría darlo, porque
simplemente no
contaría con ello.
Reconocer con
humildad, la
Verdadero propósito
y procedencia de lo
que he recibido y
tengo, y
agradecerlo, es lo
que nos da la
oportunidad de darlo
ó compartirlo desde
la comprensión
espiritual que ese
acto implica, y
poder cumplir con el
propósito por el que
nos fue otorgado.
Este enfoque, se
basa en que, todo
aquello que tenemos:
talentos,
habilidades, dinero,
bienes materiales,
trabajo,
capacidades, son
recursos que se nos
otorgan con una
finalidad, y esa
finalidad, no es
precisamente
vanagloriarnos.
Aquello que
recibimos y tenemos,
se nos entrega para
servir como un canal
a través del cual
Dios se manifiesta y
expresa en el mundo.
Para actuar guiados
por ésta idea,
requerimos de la fé
y humildad
suficiente que nos
permitan comprender
y asumir los
principios en los
que se basa, y
aceptar la
responsabilidad
personal y
espiritual, que
implica disponer de
los recursos que se
tienen, y el uso que
se les da, y poder
compartirlos ó
ponerlos al
servicio,
incondicionalmente,
con amor y
desprendimiento, con
nobleza y humildad.
Adoptar éste
enfoque, y actuar
basados en él,
contribuye a
liberarnos de los
condicionamientos y
pretensiones
egocéntricas, de
motivaciones e
intenciones
distorsionadas, que
a veces implícita, y
otras veces
explícitamente,
pretendemos al dar,
y que obstaculizan
el cumplimiento del
Verdadero propósito
por el que
disponemos de
determinados
recursos.
El conocimiento
espiritual y el
nivel de conciencia
que nos impulsa al
dar, determina lo
que nos vendrá de
vuelta, es decir, el
resultado que
produciremos debido
a esa acción, tanto
en nuestra vida,
como en la vida de
los demás. Esto se
basa en leyes
espirituales y
principios
universales, que
establecen cómo
operan las cosas en
el universo. Contar
con este
conocimiento y nivel
de conciencia, nos
permite crear un
fundamento
trascendente que
sustente nuestras
acciones, y sus
resultados, tanto
para nosotros como
para los demás.
Dios nos ama y
confía en TODOS
nosotros, sin
excepción, la Gracia
es inmerecida, no
nos la hemos ganado,
se nos da y punto, y
se nos otorga a
TODOS de las más
diversas formas, no
hay manera de
cuantificar ni de
comparar los
recursos de todo
tipo con los que
cada uno ha sido
dotado, muy a pesar
de las diferencias
aparentes. Sin
embargo, no hay
ningún desequilibrio
en esto, aunque en
muchos casos, se
perciba que sí lo
hay, porque,
tendemos a
concentrarnos en lo
que no tenemos, en
lugar de hacerlo en
lo que sí tenemos,
de todos modos, el
reconocimiento,
gratitud y uso de
los recursos con los
que cada uno cuenta,
no depende de Dios,
sino de nosotros.
Muchas veces,
medimos y
controlamos lo que
damos, condicionados
por la respuesta que
obtenemos, ó
pudiéramos obtener.
Cuando hacemos ó
damos algo de manera
egocéntrica
(sintiéndonos
superiores, por
sentimientos de
culpa, por
compromiso, por
sentirnos en deuda,
por buscar
aprobación,
compensación ó
reconocimiento),
contaminamos el
contenido, propósito
y resultados de esa
acción, y esos
resultados terminan
por revelarse.
Basados en éste
enfoque, es esencial
redefinir lo que
realmente significa
e implica dar, para
aprender a
desprendernos del
egocentrismo cuando
hacemos un favor,
compartimos lo que
sabemos ó tenemos,
cuando tenemos algún
detalle, brindamos
apoyo ó “ayudamos” a
alguien, lograr
esto, requiere
humildad, y una
comprensión profunda
de nuestra misión en
el mundo, un
reconocimiento
trascendente acerca
de la procedencia y
propósito de los
recursos que nos
permiten cumplirla.
Dejar de pretender
que los demás están
en deuda con
nosotros, dejar de
exigir ó tener
expectativas en
relación con lo que
hemos hecho ó dado,
dejar de pretender
que el otro se ha
beneficiado y
nosotros no, o que
nos quedamos sin
algo por haberlo
dado, es una idea
que puede no
resultar fácil de
asimilar y
comprender, sobre
todo, en el mundo,
la sociedad y el
contexto que nos
hemos creado, debido
a ello, pensar y
actuar según éstos
principios, requiere
un nuevo enfoque,
una nueva
percepción, una
nueva conciencia,
requiere
conocimiento
espiritual, fè,
sabiduría, nobleza y
una profunda
humildad.
Brindar apoyo, estar
incondicionalmente
dispuestos a dar,
servir y “ayudar” a
los demás,
constituyen valiosos
medios para crecer y
evolucionar
personalmente,
porque nos presentan
la oportunidad de
aprender a compartir
con desapego lo que
somos y tenemos, a
ser humildes y
agradecidos, son
oportunidades que se
nos otorgan para que
sirvamos de
mensajeros del amor
incondicional de
Dios por nosotros,
para honrar y
glorificar a quien
nos lo ha concedido,
no a nosotros
mismos. El dar, no
es un acto que
debiera sugerir
superioridad,
exigencias ó
expectativas de
ninguna índole, la
superioridad y el
poder son de Dios,
nosotros somos
apenas un medio para
su expresión y
manifestación, y,
para servir a éste
propósito, ya todos
hemos sido dotados.
Sentir gratitud
hacia Dios, por su
gracia en nuestra
vida, y por tener la
oportunidad de
compartir, “ayudar”
ó servir a alguien,
con lo que Él nos ha
dado,
independientemente
de la respuesta que
recibamos debido a
ello, requiere
grandes dosis de
humildad, y tiene un
fundamento
espiritual cuyas
implicaciones
demandan un elevado
nivel de conciencia,
que corresponde a
nosotros desarrollar
y mantener.
Si vemos que no nos
es posible hacer
algo, dar o
compartir, motivados
y basados en éstos
principios, lo más
inteligente y sano
que podemos hacer es
abstenernos de dar,
así, nos evitaremos
la egocéntrica
sensación de haber
sido utilizados ó
abusados, con todo
el malestar,
incomodidades y
frustración que ello
genera. Cuando
asumimos la
responsabilidad de
las intenciones y
motivaciones de
nuestros actos, nos
evitaremos crear una
potencial situación
desagradable, tanto
para nosotros como
para aquellos a
quienes dirigimos
nuestras acciones.
La satisfacción de
exigencias y
expectativas es algo
que escasamente
ocurre, y menos
cuando se sienten
como una imposición
ó demanda, aunque no
se diga
explícitamente,
debido a esto,
suelen traernos
frustración,
resentimientos,
malestar y
conflictos. No
siempre seremos
reconocidos,
recompensados ó
retribuidos por lo
que hacemos ó damos,
a veces ni siquiera
se agradece, y
aunque puede
resultar agradable y
satisfactorio cuando
ocurre, esperar ó
exigir que así sea,
indica que
pretendemos que se
trata de un negocio
ó intercambio, y si
bien, es razonable
que nos apoyemos y
ayudemos mutuamente,
no siempre ocurre,
porque cada quien da
según aquello en lo
que cree, sabe y
puede, y no podemos
controlar ni imponer
a otros cómo deben
responder a nuestras
acciones, por ello,
considerarlo un
intercambio ó
negocio, puede
resultar muy
frustrante, además
de que, es un acto
de soberbia y
manipulación, que
carece de fundamento
espiritual. El
contenido de nuestra
acción al dar, y ese
contenido incluye:
intenciones,
motivaciones y
expectativas,
revelará ante
nosotros y ante los
demás, si se tiene ó
no este nivel de
conciencia y
comprensión, porque
tarde o temprano,
sus resultados
dejarán en evidencia
la calidad de esa
acción.
Las acciones
motivadas por éstos
principios, tienen
tanto en nuestra
vida como en la vida
de los demás, el
milagroso efecto
multiplicador de una
onda expansiva,
armonizadora y
benefactora de
amplio alcance,
debido a su
intrínseco poder de
trascendencia, dada
la connotación
espiritual que las
impregna. En las
acciones de Jesús,
tenemos infinidad de
ejemplos de esto,
también podemos
mencionar a la Madre
Teresa de Calcuta,
entre tantos miles
de seres que
vivieron y
expresaron con su
vida y sus acciones,
el enfoque que aquí
se ha expuesto,
seres de buena
voluntad, que han
sido y son ejemplos
de sabiduría,
entrega, nobleza,
desprendimiento y
amor incondicional
por la humanidad. No
necesitamos ser
beatos ni santos
para vivir según
este enfoque,
necesitamos fé,
humildad y nobleza,
y si bien, practicar
ésta idea pudiera no
resultar fácil,
depende únicamente
de nosotros cuáles
serán los preceptos,
el fundamento y
principios que
motiven y dirijan
nuestras acciones,
según los cuales
hacemos nuestra
contribución al
mundo, a la
sociedad, al
contexto en cual
vivimos, y hacia
nosotros mismos, esa
nuestra
responsabilidad, y
sus resultados
también.
La Verdadera y Única
Fuente de todo
aquello que
logramos, tenemos y
ofrecemos durante
nuestra existencia,
es Dios, y Él, no
pretende ni nos ha
pedido nada a
cambio. La fé y
gratitud hacia Dios,
con humildad, es lo
que nos permite
honrar y agradecer
poder extender y
multiplicar su
Gracia en nuestra
propia vida, y en la
vida de los demás,
lo cual es en sí
mismo, una gran
misión personal que
todos tenemos,
aunque a veces no la
comprendamos o nos
resistamos a
cumplirla.
|